Desde muy chica conviví con ansiedad, insomnio, ataques de pánico, disociación, dolores menstruales y digestivos muy fuertes. Durante años intenté entender y controlar lo que me pasaba.
A los 28 años, después de terminar dos veces en la guardia por un dolor terrible en la pelvis, recibí el diagnóstico de endometriosis. Ese momento marcó un antes y un después: ya no podía seguir relacionándome con mi cuerpo solo desde la exigencia o el control.
Ahí empezó una forma nueva de escucha. No buscando que los síntomas desaparecieran, sino aprendiendo a acercarme a ellos con curiosidad.
En ese momento vivía en Berlín y era montajista de cine. Editaba documentales y pasaba mis días organizando y narrando historias: algo que sigue siendo mi pasión.
Después de la operación, una voz interna me dijo con claridad que necesitaba investigar mi cuerpo de otra manera. Una amiga me acercó el Manual de Ginecología Natural, de Pabla Pérez San Martín, y esa lectura lo cambió todo.
Lloré lo que no había llorado en toda la vida. Fue como si mi cuerpo me permitiera acceder a memorias escondidas y a dolores guardados en lugares que ni sabía que existían.
Empecé a ir a círculos de mujeres. Mientras más sentía, más liviana y más yo me iba sintiendo. Guiar círculos y acompañar a mujeres a reconectar con su sexualidad como fuente de poder apareció de manera natural.
En 2018 quedé embarazada de Lobo y volví a vivir a Argentina para que naciera ahí. Tuve un parto hermoso y poderoso, en mi casa, y experimenté la fuerza de mi cuerpo en nuevos niveles.
Después conocí el trabajo de Gabor Maté y el concepto de trauma. Otra vez fue desbloquear información: entender cómo el trauma vive en el cuerpo y moldea patrones, vínculos y pensamientos.
Comprendí que nada de lo que mi cuerpo había desarrollado era un error. Incluso los dolores y las voces castigadoras habían sido estrategias de mi sistema nervioso para protegerme.
Entendí por qué, a pesar de haber hecho terapia hablada durante años, había patrones que no había podido desarmar. Y por qué el trabajo con el cuerpo me permitió conectar con mi deseo y empezar a vivir más alineada conmigo.
Después de un burnout en el invierno berlinés, mi maestría se volvió re-aprender a disfrutar: descansar, pasarlo bien, escuchar mis límites y dejar de agotar mi energía para sostenerlo todo.
Si me preguntás cuál es mi mayor éxito en relación a mi proceso, sin dudas es haber desarrollado la capacidad de tratarme bien y de disfrutar la experiencia de estar en mi cuerpo.
Por eso, la compasión es uno de los ejes de mi acompañamiento: la aceptación radical de nuestras partes y la comprensión de que nada en nuestro sistema se desarrolla por error.
Acompañar a mujeres a tratarse con más amor, a sentir que su cuerpo puede ser su casa y, desde ahí, vivir una vida más conectada a su deseo y a su placer, es un honor enorme para mí.
Acompaño a mujeres en sesiones 1:1 que combinan trabajo somático, sistema nervioso y reconexión con el deseo. Sin recetas, sin atajos.